Gustos literarios

Leo una ‘antigua’  noticia en El Español, explicando que una veintena de editoriales rechazaron publicar un libro de un premio Nobel, que fué enviado por un admirador, de manera anónima, y sólo con las 20 primeras páginas, a fin de probar que a día de hoy sólo venden los bestsellers y los autores ya consagrados. Y la conclusión a la que llego es: ¿Acaso se extraña usted? A día de hoy, lo nuevo, heterodoxo, distinto, rompedor, no vende, y, en todo caso, debe someterse a criterios de corrección política que invalidan buena parte de lo que en su momento se ha publicó.

En realidad lo que hoy podríamos llamar rompedor no existe. Desde los años 70/80 no hay ninguna cosa que sea realmente rompedora, sólo variaciones sobre temas más o menos conocidos. Prueba de ello es que muchos éxitos actuales, por ejemplo, Juego de Tronos, no son sino copias ( pulidas y trabajadas, ciertamente ) de modelos literarios que ya venían existiendo desde hace tiempo. Los bestsellers repiten esquemas una y otra vez, fundamentalmente porque, puesto que funcionan, no merece la pena arriesgarse y escribir algo distinto, no sea se enfade la editorial y me rescinda el contrato.

El público también es ‘culpable’. Cuando un autor nos gusta, queremos más de lo mismo. No queremos que el autor siga desarrollando su vena literaria, y nos presente una nueva historia, o un nuevo concepto. Queremos lo que nos gustó en su primer libro, pero de otra forma, más de lo mismo, pero organizado de distinta manera. Y así, lógicamente, poca innovación vamos a tener.

El autor que quiera publicar algo realmente rompedor, deberá, me temo, recurrir a cosas como la autoedición o la venta vía Amazon, lo que no es, al menos, mala opción, porque, aunque sea vía un canal minoritario, permite difundir, o intentar difundir, nuevas obras.

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